lunes, 22 de febrero de 2010
VENÍA A RECOGER MI CADÁVER
miércoles, 10 de febrero de 2010
EN CUALQUIER PAÍS
martes, 21 de julio de 2009
LA INUTILIDAD DOMESTICA DEL ESPOSO

Era un marido perfecto: nunca recogía nada del suelo, ni apagaba la luz ni cerraba una puerta. En la oscuridad de la mañana, cuando faltaba un botón en la ropa, ella le oía decir: “Uno necesitaría dos esposas: una para quererla y otra para que le pegue los botones”. Todos los días, al primer trago de café, y a la primera cucharada de sopa humeante, lanzaba un aullido desgarrador que ya no asustaba a nadie, y enseguida un desahogo: “el día que me largue de esta casa ya sabrán que habrá sido porque me aburrí de andar siempre con la boca quemada”. Decía que nunca se hacían almuerzos tan apetitosos y distintos como los días en que él no podía comerlos por haberse tomado un purgante, y estaba tan convencido de que era una perfidia de la esposa, que terminó por no purgarse si ella no se purgaba con él.
Hastiada de su incomprensión, ella le pidió un regalo insólito en su cumpleaños: que hiciera él por un día los oficios domésticos. El aceptó divertido y en efecto tomó posesión de la casa desde el amanecer. Sirvió un desayuno espléndido pero olvidó que a ella le caían mal los huevos fritos y no tomaba café con leche. Luego impartió las instrucciones para el almuerzo de cumpleaños con ocho invitados y dispuso el arreglo de la casa, y tanto se esforzó por hacer un gobierno mejor que el de ella, que antes del mediodía tuvo que capitular sin un gesto de vergüenza. Desde el primer momento se dio cuenta de no tener la menor idea de dónde estaba nada, sobre todo en la cocina, y las sirvientas le dejaron revolverlo todo para buscar cada cosa, pues también ellas jugaron al juego. A las diez no se habían tomado decisiones para el almuerzo porque todavía no estaba terminada la limpieza de la casa ni el arreglo del dormitorio, el baño se quedó sin lavar, olvidó poner el papel higiénico, cambiar las sábanas, y mandar al cochero a buscar los hijos, y confundió los oficios de las criadas: ordenó a la cocinera que arreglara las camas y puso a cocinar a las camareras. A las once, cuando ya estaban a punto de llegar los invitados, era tal el caos en la casa, que Fermina Daza reasumió el mando, muerta de risa, pero no con la actitud triunfal que hubiera querido, sino estremecida de compasión por la inutilidad doméstica del esposo. Él respiró por la herida con el argumento de siempre: “Al menos no me fue tan mal como te iría a ti tratando de curar enfermos”. Pero la lección fue útil, y no sólo para él. En el curso de los años ambos llegaron por distintos caminos a la conclusión sabia de que no era posible vivir juntos de otro modo ni amarse de otro modo: nada en este mundo era más difícil que el amor.
Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera
Editorial Diana.
miércoles, 1 de julio de 2009
BERENJENAS

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL COLERA
(Fragmento)
Iban a cumplirse dos años de correos frenéticos cuando Florentino Ariza, en una carta de un solo párrafo, le hizo a Fermina Daza la propuesta formal de matrimonio. En los seis meses anteriores le había enviado varias veces una camelia blanca, pero ella se la devolvía en la carta siguiente, para que no dudara de que estaba dispuesta a seguirle escribiendo, pero sin la gravedad de un compromiso. La verdad es que siempre había tomado las idas y venidas de la camelia como un retozo de amores, y nunca se le ocurrió planteárselo como una encrucijada de su destino. Pero cuando llegó la propuesta formal se sintió desgarrada por el primer arañazo de la muerte. Presa de pánico se lo contó a la tía Escolástica, y ella asumió la consulta con la valentía y la lucidez que no había tenido a los veinte años cuando se vio forzada a decidir su propia suerte:
-Contéstale que sí- le dijo -. Aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no.
Sin embargo, Fermina Daza estaba tan confundida que pidió un plazo para pensarlo. Pidió primero un mes, luego otro, luego otro y otro, y cuando se cumplió el cuarto mes sin respuesta volvió a recibir la camelia blanca, pero no sola dentro del sobre como lasa otras veces, sino con la notificación perentoria de que esta era la última: o ahora o nunca. Entonces fue Florentino Ariza quien le vio la cara a la muerte, esa misma tarde, cuando recibió un sobre con una tira de papel arrancada del margen de un cuaderno de escuela, y con la respuesta escrita a lápiz en una sola línea: Está bien, me caso con usted si me promete que no me hará comer berenjenas.
Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera
Editorial Diana.
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